¿Docentes sedentarios?

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Todos los días los docentes, como tantos otros trabajadores, enfrentamos diferentes problemáticas laborales que terminan afectando nuestro organismo. El cuerpo es receptor y víctima, muchas veces, del sacrificio admirable que ponemos en cada jornada de trabajo. En la gran mayoría de los casos, se va naturalizando ese desgaste injusto y evitable si el Estado mantendría las condiciones dignas para el desempeño cotidiano en cada establecimiento educativo y sueldos acordes a los gastos básicos para vivir y manejarnos en la vida diaria.

Resulta chocante y paradójico, que se hable hoy de sedentarismo docente, cuando somos quienes corremos todo el tiempo. Corremos para subir a vehículos que nos traen a dedo a la escuela o a los urbanos para llegar a tiempo al trabajo, corremos para llevar las cuentas al día y para poner comida en la mesa, corremos con las actividades didácticas y los actos escolares, corremos entre quehaceres cotidianos y tareas extra áulicas, y también corremos para llegar a fin de mes, aunque ese fin de mes siempre llegue antes de quedarnos sin salario.

Cuesta convencerse que entre tantas enfermedades que golpean la salud de los docentes, se destaque el sobrepeso como la principal. Los maestros y profesores sufren a diario de alergias y enfermedades respiratorias por edificios húmedos y sin mantenimiento. Padecen afecciones en sus cuerdas vocales por esfuerzos permanentes ante grados numerosos. Desarrollan lesiones en sus articulaciones y columna, tras estar tantas horas de pie, o en malas posturas como parte de la dedicación permanente en sus clases. Conviven cotidianamente con el estrés de enfrentar infinitos roles más que el de enseñar, en absoluta soledad, con ausencias por parte de todos los demás agentes que deberían intervenir. Afrontan los problemas físicos por pasar años al costado de una ruta a la espera de un transporte con las más diversas situaciones climáticas o inmersos en edificios con ratas, murciélagos, agua servida y caños cloacales rotos. Es probable que no puedan sostener una buena alimentación, con un sueldo pobre y una inflación que durante años viene siempre muy por encima de lo que nuestro salario nos permite pagar.

El docente se alimenta con los productos que puede costear, y si los fideos están más baratos que la verdura, no habrá tiempo para analizar.

A pesar de todo ello, los profes y maestros, nos olvidamos de los achaques en los huesos y las angustias del alma, no nos limitan los kilos de más y no poder pagar el gimnasio, no nos frena el dolor en la garganta ni la gran sobrecarga de exigencias, para volvernos niños en cada recreo con nuestros alumnos y en cada actividad pedagógica donde somos uno más en el proceso de aprender algo nuevo. Y tampoco nos detienen los problemas de salud, para marchar miles de veces en defensa de nuestros derechos. Venimos caminando la calle toda la vida, con la misma esperanza de reivindicar nuestro rol social. Si no podemos correr, caminamos, si no podemos cantar, aplaudimos, si no podemos gritar, golpeamos redoblantes, pero nunca bajamos los brazos.

Los maestros luchamos hasta el último soplo de nuestra vida.

Por Yohana Fucks